domingo, 22 de febrero de 2026

Che en África Cuando SOLDADO Europeo Gritó "¡Esto No Es Tu Guerra!"- 10 Minutos Que Crearon Historia...

 


Che en África Cuando SOLDADO Europeo Gritó "¡Esto No Es Tu Guerra!"- 10 Minutos Que Crearon Historia...

La selva del Congo no tiene silencio. Tiene un rumor constante que te entra por los oídos y se te queda en el pecho: insectos que no descansan, hojas que gotean, ramas que crujen como si alguien te siguiera, y un vapor espeso que huele a vida y a descomposición al mismo tiempo. La humedad es tan densa que parece que podrías cortarla con un machete. En ese infierno verde, donde cada sombra puede esconder una emboscada y cada paso puede ser el último, un hombre de treinta y siete años se limpia el sudor con el dorso de la mano y mira un mapa extendido sobre una mesa improvisada de troncos.
Ese hombre podría estar en La Habana, en un despacho con ventilador, recibiendo honores, discursos, fotos. Podría estar viviendo como un héroe de una revolución triunfante. Pero eligió lo contrario: volvió a empezar desde cero. Volvió a ser guerrillero novato, médico en campaña, revolucionario sin garantías. Se llama Ernesto Guevara. El mundo ya lo conoce como el Che. Y en el Congo, esa fama no sirve para frenar balas ni para espantar mosquitos.
Su uniforme verde oliva, que en Cuba era símbolo de autoridad, está desgarrado, manchado de barro, pegado al cuerpo como una segunda piel húmeda. La barba, antes recortada para los actos oficiales, crece salvaje. Sus botas ya no pisan alfombras: se hunden en el lodo. Y, sin embargo, sus ojos… sus ojos siguen ardiendo como en la Sierra Maestra, con esa determinación que no reconoce fronteras. Porque si algo lo trajo a esta selva fue una idea que le mordía la conciencia: la revolución no puede detenerse donde termina un mapa.
A su alrededor, treinta guerrilleros congoleños y cinco asesores cubanos intentan sostener un perímetro alrededor de un campamento base cerca del lago Tanganica. Son valientes, sí, pero están mal equipados y peor entrenados. Enfrente tienen a fuerzas belgas con décadas de experiencia en guerra colonial: paracaidistas profesionales, disciplina de hierro, armas modernas, radio, tácticas afinadas. El contraste duele. No es una pelea justa. Es un choque entre un ideal y una maquinaria.
El Che está inclinado sobre el mapa cuando escucha el sonido que todo guerrillero aprende a temer antes incluso de aprender a disparar: ráfagas automáticas acercándose, el eco seco rebotando entre los árboles.
—¡Emboscada! —grita José, uno de los cubanos—. ¡Vienen del norte!
En segundos, el campamento se convierte en caos organizado. Los congoleños corren a posiciones defensivas que han practicado durante semanas. Los cubanos reparten munición, comprueban la radio, intentan mantener la cabeza fría mientras el cuerpo pide pánico. El Che toma su AK-47, verifica el cargador, y corre hacia el perímetro norte, donde el fuego es más intenso.
Los belgas avanzan como si fueran una sola pieza. Cubren movimientos, se comunican con señas y radios, se desplazan con precisión. Los hombres del Che responden con coraje, pero descoordinados. Algunos disparan demasiado, otros se quedan quietos. Hay momentos en que el mundo se reduce a dos cosas: el estruendo de las balas y el latido en la garganta.
La batalla dura tres horas. Tres horas de barro, humo y miedo. Cuando los belgas se retiran, no lo hacen derrotados: se van porque cumplieron su objetivo. Han capturado a cuatro guerrilleros congoleños y han destruido parte del equipo médico y de comunicaciones. El campamento queda herido, como un animal que todavía respira pero sangra.
Sin embargo, la selva siempre devuelve sorpresas. En los últimos minutos del combate, un grupo de guerrilleros logra flanquear una posición belga y capturar a un oficial europeo que se adelantó demasiado para dirigir el asalto final. Lo traen entre empujones y miradas tensas. Cuando el humo empieza a disiparse, lo ponen frente al Che.
Es un hombre de unos cuarenta y cinco años, alto, rubio, con el porte de alguien que lleva media vida mandando. Su uniforme luce insignias de coronel del ejército belga. Sus ojos azules no muestran miedo; muestran desprecio, como si incluso prisionero aún se sintiera juez.
—Comandante —dice Mambo, uno de los líderes congoleños—. Capturamos a este oficial. ¿Qué hacemos con él?
El Che lo observa un instante. No responde con prisa. Ordena que lo lleven a la tienda que funciona como hospital de campaña. No para interrogarlo primero, sino para curarle la herida superficial en el brazo. Cuando el coronel entra, ve al “famoso Che” lavándose las manos en una palangana de agua turbia, preparando vendas como cualquier sanitario.
El coronel lo mira con una mezcla rara de burla y fascinación.
—Es extraño —dice al fin— ver al famoso Che Guevara haciendo de enfermero en una guerra perdida.
El Che no levanta la vista mientras limpia y venda.
—Soy médico antes que comandante.
—¿Médico? —el coronel suelta una risa seca—. ¿Es eso lo que hace aquí? ¿Medicina?
¿Quieres saber qué pasó después?
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