"15 de marzo de 1993, Buenos Aires. Maradona entró a una peluquería de barrio. El barbero lo miró y dijo:
—Acá se respeta el orden. Famoso o no, esperás tu turno.
Lo que pasó en las siguientes dos horas cambió la vida de todos en ese lugar.
Era 15 de marzo de 1993, un lunes cerca de las 11 de la mañana en el barrio de Caballito, en Buenos Aires, Argentina. Diego Armando Maradona caminaba por la calle Acoyte buscando una peluquería porque tenía el pelo demasiado largo, desprolijo, y esa noche tenía una cena importante con patrocinadores y necesitaba lucir presentable.
Podría haber ido a un salón de lujo en Recoleta, donde cortaban el pelo a celebridades, donde te daban champán mientras esperabas, donde cobraban 200 pesos por un corte que tomaba 20 minutos. Pero Diego no quería eso. Quería una peluquería de barrio, una peluquería donde su padre lo llevaba cuando era niño en Villa Fiorito. Una peluquería con olor a talco, loción barata y revistas viejas.
Vio un letrero que decía ""Peluquería Don Mario, desde 1967"" en una esquina. Era un lugar pequeño, con vidrieras sucias y sillas viejas afuera donde hombres mayores tomaban mate esperando su turno. Perfecto.
Diego empujó la puerta. Una campanilla oxidada sonó.
Adentro había dos sillas de barbero, espejos manchados, pósters amarillentos de cortes de pelo de los años 70 y un piso de baldosas rotas. Había cinco personas esperando: tres hombres mayores sentados en sillas de plástico contra la pared, un hombre de unos 50 años en una de las sillas de barbero siendo atendido, y el barbero, Don Mario.
Don Mario era un hombre de 70 años con guardapolvo blanco manchado, tijeras en mano, cortando pelo con concentración de cirujano. Don Mario levantó la vista cuando la campanilla sonó. Vio a Diego parado en la puerta. Su expresión no cambió.
—Buen día —dijo secamente—. Tomá asiento, hay tres personas adelante tuyo.
Diego miró a los tres hombres mayores. Todos lo miraban con ojos grandes, reconociéndolo. Uno de ellos, un hombre de unos 80 años con un sombrero gastado en sus rodillas, comenzó a ponerse de pie.
—Señor Maradona, usted puede pasar primero. Yo no tengo apuro.
Don Mario dejó sus tijeras bruscamente sobre la mesa.
—Sentate, Rodolfo. Nadie pasa adelante acá. Primero llegó, primero se atiende. Famoso o no famoso, presidente o barrendero, acá todos son iguales.
Rodolfo se sentó lentamente, mirando nerviosamente entre Don Mario y Diego.
Diego sonrió, una sonrisa genuina.
—Me parece perfecto, Don Mario. Voy a esperar mi turno como corresponde.
Se sentó en una silla de plástico verde al lado de Rodolfo. Los otros dos hombres, Alberto de 75 años y Osvaldo de 68, lo miraban como si acabaran de ver un fantasma. Don Mario volvió a su trabajo, cortando el pelo del hombre en la silla con precisión metódica.
Nadie habló durante cinco minutos. El único sonido eran las tijeras cortando y una radio vieja tocando tangos suavemente en la esquina.
Entonces Rodolfo, el hombre del sombrero, se aclaró la garganta.
—Disculpe, señor Maradona, ¿es verdad que usted nació en Villa Fiorito?
Diego se giró hacia él.
—Sí, don. Nací ahí. Me crié ahí. Mi viejo trabajaba en una fábrica, mi vieja limpiaba casas. Éramos ocho hermanos en una casa de dos cuartos.
Rodolfo asintió lentamente.
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