Yo estuve en ese acto el 30 de Junio del 1979, vi a todos esos escritores continentales..
El domingo primero de julio de 1979 no fue una fecha cualquiera en Santo Domingo. Fue una noche en que la historia, la literatura y la política latinoamericana se cruzaron en una misma sala, sin avisar y sin pedir permiso.
Juan Bosch cumplía setenta años, pero la celebración no era solo un homenaje a un hombre: era una señal de que América Latina, en uno de sus momentos más peligrosos, se miraba a sí misma buscando una brújula moral.
En el Club Cultural y Deportivo Mauricio Báez no se reunían simples invitados, sino figuras que representaban décadas de lucha, exilio, escritura y conspiración.
Allí estaban, junto a Bosch, los escritores Nicolás Guillén, Régis Debray, Miguel Otero Silva, Pedro Mir, Marcio Veloz Maggiolo, Julio Le Riverend y, entre todos ellos, una presencia que concentraba miradas y silencios: Gabriel García Márquez.
García Márquez no era ya un escritor más. En 1979 era el narrador más leído del mundo en lengua española, el hombre que había logrado que Macondo se convirtiera en un territorio universal.
Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba y El otoño del patriarca lo habían colocado en una cima literaria que solo el Premio Nobel, tres años después, terminaría de sellar.
Sin embargo, aquella noche en Santo Domingo no llegó como una estrella distante, sino como alguien que sabía que estaba entrando en una habitación cargada de historia real, no de ficción.
Y cuando Gabo le hablaba a Juan Bosch, lo hacía con una reverencia que sorprendía incluso a quienes lo conocían bien. No le decía Juan. No le decía Bosch. Lo llamaba simplemente “Maestro”.
Ese gesto era más que una cortesía. En el lenguaje político y moral de García Márquez, “Maestro” significaba algo muy preciso. Bosch representaba una rara especie en América Latina: un dirigente civil que había gobernado democráticamente y había sido derrocado precisamente por intentar gobernar con decencia, sin caudillismo, sin corrupción y sin sometimiento a intereses extranjeros.
Pero Bosch no era solo un político. Era, además, uno de los grandes escritores y pensadores del Caribe y de América Latina, autor de cuentos, novelas, ensayos y estudios históricos que formaron generaciones enteras.
Para Gabo, que entendía como pocos la unión entre literatura y poder, Bosch era la prueba viviente de que un intelectual podía gobernar y que un gobernante podía pensar con profundidad.
En una región donde los dictadores de derecha se justificaban en nombre del orden y los de izquierda en nombre del pueblo, Bosch no pertenecía a ninguno de esos extremos. No era socialista en el sentido doctrinario ni militante de una ideología cerrada.
Era un demócrata radical, un humanista que creía en la justicia social dentro del Estado de derecho. Su tragedia fue haber intentado implantar un régimen de libertades en un continente acostumbrado a la fuerza.
Para García Márquez, Bosch no era solo un político dominicano: era una conciencia continental, un símbolo de lo que América Latina pudo haber sido y no fue.
Al año siguiente de aquella noche, García Márquez le pediría a Bosch que escribiera el prólogo de la primera edición de Crónica de una muerte anunciada. Ese gesto, aparentemente literario, fue en realidad una inversión simbólica de jerarquías.
El escritor más famoso del momento pedía la bendición intelectual de un hombre que había sido presidente y que también era un maestro de la palabra escrita. Lo hacía porque sabía que la autoridad moral de Bosch trascendía partidos y fronteras. En ese prólogo,
Bosch no solo presentaba una novela: legitimaba a un escritor que había decidido convertir su fama en un instrumento de presión ética contra las dictaduras del continente.
La conversación que sostuve con el Gabo en el apartamento de Milagros Ortiz Bosch aquella noche lo revela todo.
Mientras se servían chicharrones de pollo y jugo de naranja, y el niño Juan Basanta corría entre los adultos, García Márquez hablaba como un estratega. Nicaragua estaba a punto de sacudirse a Somoza, y Gabo analizaba con una claridad que hoy asombra cómo Estados Unidos había apostado a la victoria del dictador y había perdido.
Sabía que Washington buscaba desesperadamente un pretexto para intervenir, y advertía que Cuba no caería en esa trampa. No hablaba como un ideólogo, sino como alguien que comprendía los equilibrios invisibles del poder hemisférico.
Lo que decía no era retórica. Era una lectura fría de una región que estaba entrando en un punto de inflexión. Cuando afirmó que la caída de Somoza sería el inicio de una reacción en cadena contra las dictaduras, estaba anticipando el principio del fin del ciclo militar que había asfixiado a América Latina desde los años sesenta. Argentina, Brasil, Uruguay y Chile terminarían siguiendo ese camino. La historia le dio la razón.
Pero quizá lo más extraordinario de aquella entrevista fue su confesión sobre Pinochet. García Márquez había decidido no publicar ninguna obra literaria mientras el dictador chileno siguiera en el poder. No era una pose. Era una forma de huelga cultural. Un escritor que conocía el peso de su nombre decidió usar su silencio como un arma. Dijo algo aún más radical: que estaba dispuesto a publicar al día siguiente si Pinochet resolvía el problema de los desaparecidos, los presos políticos y los exiliados.
En otras palabras, ponía su obra al servicio de la vida humana. En un siglo lleno de escritores acomodados al poder, ese gesto lo convirtió en algo mucho más raro: un escritor que arriesgaba su prestigio por una causa.
Por eso, cuando García Márquez llamaba “Maestro” a Juan Bosch, no estaba exagerando. Reconocía en él a un hombre que había pagado con el exilio y la derrota su fidelidad a la democracia, pero también a un creador de ideas y de palabras, un escritor que había comprendido la psicología profunda de los pueblos caribeños y latinoamericanos.
En 1979, Bosch y Gabo ocupaban posiciones distintas pero complementarias en el tablero latinoamericano: uno era la memoria ética y literaria de la política, el otro la conciencia narrativa de la región. Ambos sabían que el continente estaba cambiando y que ese cambio sería doloroso, incierto y lleno de traiciones.
Aquella noche en Santo Domingo no fue solo una celebración de cumpleaños. Fue una reunión de quienes entendían que América Latina estaba entrando en una nueva etapa. El dictador nicaragüense estaba a punto de caer. Las dictaduras del Cono Sur comenzaban a resquebrajarse.
Y dos hombres, un político–escritor y un escritor–testigo del poder, compartían una certeza silenciosa: que la historia no se escribe solo con fusiles, sino también con palabras, y que hay palabras —como “Maestro”— que pueden pesar más que cualquier discurso.
1979 fue el año en que García Márquez dejó claro que su literatura no estaba separada de la vida.
Y fue también el año en que Juan Bosch, sin ocupar ningún cargo, volvió a ser lo que siempre fue: un referente moral e intelectual de un continente que aún buscaba cómo reconciliar justicia, libertad y dignidad.
(Publicado por secretaria de Cultura del PLD) Fuente…

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