martes, 14 de abril de 2026

49 puñaladas de madrugada y una bebé sola que durante dos días intentó “curar” a su madre: el asesino serial que mató una única vez


 INFOBAE

Robin Warr Lawrence fue asesinada en 1994 a los 37 años y la escena del crimen reflejaba que la víctima se había resistido y que el homicida solo había querido matar. Durante treinta años, el asesino vivió una vida normal y hasta formó una familia con dos hijos hasta que en un estudio de ADN apareció su nombre. La confesión ante los oficiales y la condena que recibió por el hecho


PorCarolina Balbiani

El caso de Robin Warr Lawrence permaneció sin resolver casi treinta años hasta que el avance en genealogía genética permitió identificar al culpable
Jueves 7 de septiembre de 2023. Diálogo telefónico. Stephan Smerk le dice por teléfono a la detective Melissa Wallace: “Estoy en el departamento de policía para entregarme… Me voy a entregar por asesinato”. Wallace y su compañero policial Jon Long salen disparados hacia la comisaría de Niskayuna, en el estado de Nueva York, Estados Unidos. Lo que Smerk, un exmilitar de 51 años, cuenta imperturbable en el cuarto de interrogatorios es devastador, pero también deja a los agentes aliviados: ese hombre se está entregando por un salvaje crimen que acepta haber cometido tres décadas antes.
De esta manera queda resuelto el extraño homicidio de Robin Warr Lauwrence. Ahora podrán informarle a su hija Nicole, de 31 años, quién mató a su madre.

Un trasplante, un viaje y un crimen

Ollie Lawrence (37), ejecutivo de una línea aérea, estaba en un viaje de negocios por las Bahamas cuando comenzó a preocuparse porque su mujer Robin Warr Lawrence (37) no respondía el teléfono de su casa en West Springfield, Virginia, un suburbio de Washington D.C, la capital de Estados Unidos.

La pareja tenía una hija de dos años, Nicole, y Robin trabajaba como directora de comunicaciones en una empresa llamada Merchant ‘s Tire and Auto Center. En su tiempo libre ella era también diseñadora gráfica freelance y artista. Ollie conocía perfectamente los horarios de su esposa por lo que estaba sorprendido por no conseguir comunicarse con ella. La había llamado el viernes 18 de noviembre de 1994 por la noche y no le había respondido. Lo había intentado de nuevo el sábado 19 y tampoco. Era muy extraño. Alarmado, en la mañana del domingo 20 llamó a una amiga en común, Laurie Lindberg, para que fuera hasta su casa y viera qué estaba pasando.

Robin Lawrence
La hija de la víctima, Nicole Lawrence, fue encontrada ilesa tras deambular dos días junto al cuerpo de su madre asesinada

Acompañada por otra amiga, Laurie llegó a la casa los Lawrence (ubicada en el número 8646 en la calle Reseca Lane, un lindo cul de sac dentro del barrio residencial The Crossing, en West Springfield) a las 12.30 del mediodía. Lo primero que le llamó la atención fue ver los diarios acumulados en la puerta. Tocó el timbre. Nada. Dio la vuelta para asomarse al patio trasero de la propiedad. Silencio. Vieron una ventana corrediza que daba al deck de madera con el mosquitero roto. Al probarla vieron que estaba abierta. Entraron. Laurie ingresó al pasillo que llevaba al dormitorio principal y notó que las paredes estaban salpicadas de marrón y el piso también estaba manchado con lo que parecía sangre. En eso la bebé hizo su aparición caminando tambaleante. Nicole estaba extremadamente sucia, con el pañal inflado y colgando. Laurie pensó lo peor, no quiso ver nada más. Instintivamente alzó a Nicole y salieron las tres corriendo hacia una casa vecina. Desde allí llamaron a la policía.

Lo más horrible, contó luego Laurie, no fue anunciarle a Ollie lo ocurrido, sino a la madre de Robin, Jessie Warr. “Creo que le dije que Robin estaba muerta y Jessie solo gemía, era como una angustia primitiva. Fue algo tan horrible escucharla… Es probablemente lo más espantoso que jamás me pasó en la vida”.

Robin Lawrence
Ollie Lawrence era ejecutivo de una línea aérea y estaba en un viaje de negocios cuando su esposa Robin fue asesinada en su casa en West Springfield, Virginia, un suburbio de Washington D.C.

Los agentes llegaron y encontraron el cuerpo de la víctima. Detectaron señales de lucha en el dormitorio. Pero en la casa no faltaba nada. Estaba el cash y las alhajas. Raro.

Las pericias forenses calcularon que Robin había muerto 48 horas antes y que su hija había deambulado entre el cuerpo de su madre y los muebles todo ese tiempo. A los lados del cadáver encontraron tiradas varias mamaderas vacías y un rollo de papel higiénico que Nicole había llevado al dormitorio para intentar ayudar a su madre. En el sanatorio revisaron a Nicole y, a pesar de estar severamente deshidratada, estaba bien.

El detective Mark Garman fue el encargado de fotografiar la escena con el cadáver de Robin. Reveló que el cuerpo estaba “muy dañado, lleno de heridas por puñaladas, una muy profunda en su cuello y numerosas más defensivas en sus manos. Pero, también, en sus piernas y espalda. Había señales obvias de lucha dentro de la habitación. Cerca de la señora Lawrence, en el piso, había un teléfono azul con el cable cortado. Estaba claro que fue asaltada mientras estaba en la cama y que la pelea continuó. Cerca del cuerpo había curitas y gasas y mamaderas vacías… Aun a esa edad los chicos saben que la sangre es sangre y que suele venir de heridas y cortes. Saben que su mamá les pone curitas y gasas… Creo que Nicole quería detener el sangrado de su madre”.

Robin Lawrence
El crimen de Robin Warr Lawrence resultó especialmente brutal, con 49 puñaladas y evidentes signos de lucha, según el informe forense

La primera hipótesis

La línea de tiempo situó la última vez que se supo de Robin viva fue cerca de las 18 horas del 18 de noviembre, cuando habló por teléfono con una amiga. Dedujeron que el crimen había tenido lugar alrededor de las 21.30. Robin iba a cumplir 28 años ocho días más tarde, el 26 de noviembre, pero el festejo terminó convertido en funeral a cajón cerrado. Las heridas habían sido tan brutales que eran indisimulables.

No había sido un robo, no faltó nada en la casa. Pensaron que quién la había asesinado la conocía bien. Barajaron que el crimen podría ser de índole pasional. Esta hipótesis se acentuó cuando descubrieron que su marido Ollie, si bien se mostraba cooperativo con ellos, mantenía un romance con otra mujer.

Los agentes viajaron a las Bahamas y comprobaron paso a paso su coartada: había estado realmente fuera del país. La amante de Ollie fue entrevistada y no hallaron nada que los hiciera sospechar de ella o de él. Los hermanos de Robin, si bien quedaron sorprendidos por el affaire de su cuñado, nunca pensaron que pudiera tener que ver con el crimen.

Robin Lawrence
“Creo que le dije que Robin estaba muerta y Jessie solo gemía. Fue algo tan horrible escucharla… Es probablemente lo más espantoso que jamás me pasó en la vida”, dijo Jessie Warr, mamá de la víctima

Con el avance del análisis de las huellas, Ollie quedó descartado. Una de las muestras de ADN levantada de unas gotas de sangre halladas en una toalla rosa que estaba colgada en el baño de Robin al lado de la ducha lo liberó de toda sospecha: esa huella biológica pertenecía a un hombre desconocido.

Colocaron ese ADN en las bases de datos existentes del FBI y no hubo ninguna coincidencia con ningún delincuente.

Era mucho el dato, pero al mismo tiempo era nada. Sin tener con quién compararlo solo existía el fantasma de un hombre sin rostro.

Con el paso del tiempo y sin la aparición de nuevas pistas, el caso se enfrió. Mary, la hermana de Robin reconoció que todos empezaron a perder la esperanza de que el caso fuera resuelto.

No hubo nuevos rastros de quién podría ser el homicida. La vida continuó sin Robin y sin culpable.

Robin Lawrence
La clave del caso fue el análisis de ADN y uso de bases de datos familiares, permitiendo rastrear al asesino mediante conexiones remotas

Sobre la vida perdida

Robin era una de tres hermanos y había crecido en Siracusa, Nueva York. Estudió danza y pintura y terminó siendo la más brillante de la familia: tenía talento. Cuando se graduó, se mudó a Washington y conoció a Oliver “Ollie” Lawrence Jr. Se casaron en 1989 y tres años más tarde tuvieron a Nicole. A a poco de nacer la beba debió atravesar un traumático trasplante de hígado por lo que comenzó a tomar drogas inmunosupresoras para evitar el rechazo del órgano. Se mudaron a una casa en un barrio de las afueras de la ciudad porque deseaban una vida más tranquila para criar a su hija que tenía una salud tan frágil.

Ollie trabajaba como vicepresidente de recursos humanos de la aerolínea USAir y, en noviembre de 1994, partió a un viaje de trabajo a las Bahamas por tres días. Madre e hija quedaron solas.

La ausencia resultaría fatal.

El viernes 18 de noviembre de 1994 oscureció poco antes de las seis de la tarde. Cuando Robin hablaba por teléfono. A la misma hora, se cree, Stephan Smerk (24) salía de su base militar Fort Myer, en Arlington, después de tomar cerveza y de consumir pastillas de efedrina. Manejó hasta el barrio West Springfield situado a unos 21 kilómetros de la base. Conocía bien el vecindario porque tenía varios amigos que vivían en esas calles. Circuló por la zona buscando una casa al azar para hacer lo que tenía tantas ganas. Matar. Matar era la urgencia que lo empujaba. Llevaba un pasamontaña, unos guantes de cuero y un cuchillo. No tenía pensado mucho más. Vio una casa posible. Bajó del auto y husmeó. Tenía una puerta trasera corrediza. Se colocó los guantes para no dejar huellas dactilares y el pasamontaña por si alguien lo veía. Sería esa. La forzó con facilidad y entró. Recorrió el pasillo, pasó de largo la puerta del cuarto de Nicole y entró al dormitorio donde dormía Robin. La despertó y la obligó a salir de la cama. Robin se arrodilló y suplicó por su vida. No podía saberlo pero estaba frente a un ser despiadado que solo deseaba asesinar, no tendría ninguna chance. Smerk era enorme. Robin intentó luchar y lo arañó en la cara. Él la dominó con facilidad y comenzó a apuñalarla repetidamente. En total 49 veces distribuidas en la cabeza, el cuello, su abdomen y en las piernas. Robin incluso se cortó gravemente las manos intentando defenderse. Una vez que estuvo muerta Smerk fue al baño de la suite para mirarse en el espejo y ver los rasguños. Tomó una toalla que estaba colgada y se secó las gotas de sangre que brotaban de su cara. La volvió a colgar y se fue dejando a la testigo que no podría incriminarlo por su corta edad.

El arañazo de Robin había dejado la huella clave que algún día incriminaría a su asesino. El agresor se había cuidado de sus huellas dactilares, pero había dejado sus células para el futuro.

El soldado de 24 años volvió a su base militar. En las barracas se duchó, tiró su ropa a un contenedor y siguió con su vida lo más campante. Estuvo tres años más en el ejército hasta que por decisión propia dejó la fuerza.

Volvió entonces a la zona de donde era originario, Niskayuna, en el estado de Nueva York, y donde tenía su casa. Se casó con una abogada con quien tuvo dos hijos y se convirtió en un vecino más, un ex defensor de la patria. Una fachada de la que nadie jamás sospechó.

El caso Lawrence se enfrió y fue archivado por falta de pistas.

Robin Lawrence
(Captura de video)

Entregado por las células de parientes lejanos

Tenían el ADN, pero no a quién adjudicárselo. Los años pasaron y la tecnología se superó a sí misma. En 2019, una joven genealogista amateur, Liz Copper, quien era voluntaria en el equipo de investigación policial, insistió en buscar al dueño del ADN a través de los lazos familiares. Estuvieron de acuerdo y le brindaron todos los datos proporcionados por la compañía Parabon NanoLabs que había analizado el ADN del sospechoso.

Liz, usando la novedosa técnica de la genealogía genética, se dispuso a analizarlos, algo que le llevó casi cuatro años. Consiguió llegar a varios primos terceros de ese ADN sin nombre. La persona que buscaban era 50 por ciento del este de Europa, 25 por ciento irlandés y el otro 25 por ciento resultado de una combinación de inglés, escandinavo e italiano. La lista de primos con las que compartía su ADN era de unas 1500 personas.

La genealogista recurrió también a la tecnología del fenotipo para tener una idea de cómo podía verse ese hombre. Obtuvo un retrato robot que le fue mostrado a Ollie Lawrence quien no reconoció al hombre de la imagen.

Liz terminó confeccionando dos árboles familiares confiables. Había que ver cómo podía unir esos troncos y esas ramas. Encontró un vínculo entre los árboles: una mujer de uno de ellos resulta que se había casado con un hombre del otro. Buscaba entonces a un descendiente de la pareja que hubiera tenido la edad para cometer el crimen en 1994 y que hubiera vivido a una distancia razonable de la de la casa de los Lawrence. Después de tanta investigación, apareció un hombre en su radar que cuadraba con todo: Stephan Smerk.

Liz pasó el dato al equipo del caso de Robin Lawrence. Smerk había vivido cerca del escenario del crimen, a unos veinte kilómetros, y tenía por entonces 24 años. Era posible. Pero resultó que el tipo señalado por Liz tenía una hoja impoluta, ni una sola contravención. Hoy era un hombre de 51 años, casado con una abogada, que vivía con sus dos hijos adolescentes en una linda casa en las afueras de la ciudad de Niskayuna, donde trabajaba como programador de computadoras.

Robin Lawrence
"Honestamente pienso que si no fuera por mi mujer y por mis hijos, probablemente hubiera sido un asesino serial. Soy un asesino serial que solo mató una vez”, confesó

La primera reacción de la detective Melissa Wallace fue no creer que fuera posible que ese sujeto, común y corriente, fuera el violento asesino que buscaban desde hacía tanto tiempo. El detective Long empezó entonces a buscar fotos de esa persona y cayó en las clásicas publicaciones de los graduados de la secundaria. Encontró un retrato de Smerk con 17 años y pegó un salto: era exactamente igual al retrato creado con la técnica del fenotipo. Impresionante.

Decidieron viajar hasta Niskayuna para obtener su ADN y así poder compararlo con el que tenían archivado del caso. El 7 de septiembre de 2023 llegaron hasta la puerta de entrada de la casa de Smerk. Estaban pensando la mejor estrategia para encararlo cuando lo vieron salir a tirar la basura. Se acercaron y se presentaron amablemente.

-Somos detectives de Fairfax y estamos trabajando en un caso viejo de los 90… ¿Le importaría que entremos a conversar con usted por un rato?

Smerk no se inmutó. Accedió y los hizo entrar a su casa. Les dio voluntariamente varias muestras de su ADN y firmó el consentimiento. Todo sin un solo pero.

La dupla de detectives volvió a su hotel con las muestras y se fue cada uno a su habitación. Estaban impactados porque el sujeto no había reaccionado en absoluto. No había parecido sorprendido, no se había enojado y no había preguntado ni una sola vez por qué o por quién. No era lógico su comportamiento.

En eso estaba pensando Melissa cuando sonó el teléfono de su cuarto. Era Smerk que sin vueltas le anticipó que ya estaba en la puerta del departamento de policía porque se quería entregar. Ella le dijo que debía llamar al 911 para avisar que lo haría. Dicho esto, fue corriendo hasta el cuarto de Long a los gritos: ¡Tenemos que salir ya para la comisaría porque Smerk va a entregarse!

Smerk hizo exactamente lo que ella le indicó y llamó al 911.

Operador: 911, ¿cuál es la dirección de su emergencia?

Smerk: Estoy aquí para entregarme por un crimen.

Operador: ¿Está aquí para entregarse?

Smerk: Bueno, ellos tomaron mi ADN así qué..

Operador 911: Ok, ¿Cuál es su…?

Smerk: …es solo una cuestión de tiempo.

Robin Lawrence
Stephan Smerk se entregó a la policía por el asesinato de Robin Warr Lawrence. El homicida, un exmilitar sin antecedentes, confesó que actuó movido por la compulsión de matar y seleccionó a su víctima al azar

La confesión del asesino

Las cosas siguieron minutos después en el cuarto para interrogatorios donde Wallace y Long preguntaron y Smerk lo contó todo.

“Sabía que iba a matar a alguien. No sabía a quién. Podría haber habido cincuenta personas en el lugar… No lo sé. Podría haber existido gente armada que me hubiera disparado y matado. No pensaba en eso. Solo pensaba en matar”, reconoció. Dejó clarísimo que tenía la compulsión irrefrenable de asesinar a cualquiera. “Honestamente pienso que si no fuera por mi mujer y por mis hijos, probablemente hubiera sido un asesino serial. Fue ciento por ciento intencional. Soy un asesino serial que solo mató una vez”.

Contó, impávido, cómo había utilizado sus conocimientos en técnicas de combate cuerpo a cuerpo para controlar físicamente a su presa, reducirla y atacarla con el cuchillo. De la víctima solamente recordó que era una mujer afroamericana, alguien a quien jamás había visto antes. Le preguntaron si quería decirle algo a la familia de Robin: “No sé cómo decirlo, sé que me están grabando. Pero no siento nada por la familia. Me sentía mal por haberlo hecho porque siempre supe que un día mi libertad podría verse afectada por eso”.

No había pena ni arrepentimiento en sus palabras. Solo hechos fríos, desalmados.

Robin Lawrence
Stephan Smerk fue condenado a 70 años de prisión por asesinato en primer grado y no podrá solicitar libertad condicional antes de 2037

El 11 de septiembre de 2023 llamaron a una conferencia de prensa para anunciar la conmocionante noticia, pero antes se comunicaron con Nicole para contarle que lo habían atrapado. Ella estuvo sentada en primera fila, con su marido Desmond Lewis, el resto de su familia y la mejor amiga de su madre Laurie, cuando el jefe de policía Kevin Davis lo hizo público.

Smerk quedó preso. Seis meses más tarde el acusado aceptó un acuerdo para declararse culpable de asesinato en primer grado. Fue sentenciado a 70 años de cárcel. Recién sería elegible para salir bajo palabra en 2037, cuando haya cumplido los 65 años. Nadie cree que vayan a concedérsela. A un tipo así, sin empatía y con fuerza todavía para seguir matando, no se lo quiere dando vueltas por ningún barrio.

Jessie, la madre de Robin murió en abril de 2018 sin saber quién había sido el asesino. Pero el padre de la víctima, Robert Warr -veterano de la Segunda Guerra Mundial- si vio el final de la historia. Con 101 años en 2025, Robert le dijo al programa 48 hs que desde el día en que lo llamaron para darle tan terrible noticia ha intentado sacudirse el horror. No ha podido. “Mi nieta estaba al lado de ella, estaba ahí al lado de donde había sido asesinada su madre…Cómo se puede olvidar eso”, refirió. Por su parte, Ollie Lawrence dijo estar conforme al fin con la justicia.

La mujer de Stephan Smerk no lo defendió. Impactada se divorció luego de la confesión de su marido. Los dos hijos también se alejaron de su padre. Ninguno habló en público.

Nicole ahora sabe quién le quitó a su madre. Lo que nunca sabrá es por qué resultó elegida por el despiadado asesino. Es perturbador pensar que esa noche, vivir o morir, respondió simplemente al azar con el que jugaba una mente siniestra. Quién sabe qué hizo que la maldad, sedienta de rojo, fijara sus ojos vacíos en la puerta de su casa.

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